Por Javier MPA
Hace tiempo que no escribo y cuando he vuelto a mirar el blog lo he visto un poco tenso. Voy a escribir sobre la nacionalidad; espero que no me pongáis a caer de un burro. A ver, en primer lugar, si buscamos en un diccionario la palabra nación y nos dice:
1. Conjunto de habitantes de un país regidos por un mismo gobierno.
2. Territorio en el que vive ese conjunto de personas.
3. Conjunto de personas de un mismo origen étnico que tienen unos vínculos históricos comunes y que generalmente hablan el mismo idioma.
Si pensamos en nación como aquello que cumpla alguna de estas condiciones, cualquier territorio puede ser una nación; desde mi casa hasta el planeta. Si consideramos nación a aquello que cumpla la primera y la tercera condición (la segunda se refiere sólo al territorio, no a las personas) ya no puede ser el planeta pero sí podemos decir que técnicamente España, parte de Sudamérica, cuba y filipinas son una nación en su conjunto, al igual que EEUU, Canadá, Irlanda, Reino Unido, Nueva Zelanda y Australia. Por eso la definición del diccionario no sirve para nada y nadie es quién de decirle a los demás lo que es una nación. Yo creo que la palabra nación empleada en lenguaje coloquial representa lo que uno se siente. Así uno insistirá acaloradamente en que su nación es Galicia (y esto probablemente te lo diga en español), cosa que a mí me parece estupendo y no tengo nada que objetar. Otro, sin embargo, aun siendo del mismo territorio y usando la misma lengua, te dirá que la suya es España, lo cual me parece también muy loable por su parte y nadie debe llamarle facha por ello. Cada uno de estos dos anteriores ha buscado unas referencias diferentes para identificarse y no por eso deben pelearse. Para mí lo que identifica a uno es la persona que sea él mismo, no dónde haya nacido o qué lengua hable. Es decir, yo creo que un inglés generoso, nervioso, elegante y un poco amanerado se parece más a un francés generoso, nervioso, elegante y un poco amanerado que a un inglés tacaño, tranquilo, desaliñado y viril.
Si ya hablamos de nación en términos jurídicos, nos estamos refiriendo al conjunto de habitantes soberanos de un territorio, que pueden votar al gobierno que rija ese territorio o incluso presentarse como gobierno.
Que dos naciones (jurídicamente hablando) se unifiquen bajo una sola soberanía es algo difícil de conseguir, ya que el poderoso tiene que estar dispuesto a ceder su trono para que alguien ocupe un trono más importante; a esto se tiende con la Unión Europea. Sin embargo, para un político con ganas de poder es mucho más apetecible reclamar su ámbito de poder como nación suya. El presidente de la Generalitat, para ser más importante, debe inventarse una nación y buscar símbolos para que luego le apoyen en su reclamación de competencias. Creo que fue Camilo José Cela quien dijo que el Hombre es un animal que se guía por el sexo, el hambre y las ansias de poder aunque también dijo algunas tonterías.

En los últimos años el Estado español (siempre digo España pero en este caso me refiero estrictamente al Estado) ha cedido poder en dos sentidos muy diferentes: la UE y las Comunidades Autónomas. Nuestro Estado se ha quedado sin muchas competencias en política monetaria, educación, sanidad, obras públicas, etc. En algunos casos esto ha sido beneficioso para las personas y en otros ha sido beneficioso para los gobernantes. Hoy en día un presidente de una Comunidad Autónoma tiene muchísimo más poder que la mayoría de los ministros y a veces incluso que el propio presidente; y este discurso de mío, mío, mío, noso, noso, noso ha tocado techo y no se sostiene.